* Según el testimonio de Arellano Rocha, Omar Bacilio Arellano desapareció el 6 de enero del 2013, cuando se dirigía a esta ciudad por cuestiones de trabajo. A pesar de que acudieron a todas las autoridades y trataron en las redes sociales de dar con su paradero, no fue posible encontrarlo

Horrible calvario el que ha vivido una madre de familia, originaria del vecino municipio de Iguala, a causa de la desaparición de dos de sus hijos, ambas suscitadas en Chilpancingo.
Los hechos, que han sido narrados por la tía de los muchachos, Prisca Arellano Rocha, durante los múltiples eventos que ha encabezado a lo largo y ancho del país el colectivo de “Madres Igualtecas en Busca de sus Desaparecidos”, dan cuenta de una tragedia que raya en lo increíble.
Según el testimonio de Arellano Rocha, el joven Omar Bacilio Arellano desapareció el 6 de enero de 2013 cuando se dirigía a esta ciudad por cuestiones de trabajo.
A pesar de que acudieron a todas las autoridades y de que trataron incluso por medio de redes sociales de dar con su paradero, no fue posible encontrarlo.
Uno de los hermanos de Omar, Isidro Vázquez Arellano, se trasladó hasta Chilpancingo donde estuvo buscándolo incesantemente y entonces ocurrió una nueva tragedia: el 16 de febrero del mismo año, también desapareció.
Desde entonces, la familia de los muchachos no ha tenido descanso. Se preguntan dónde están, qué les pasó, si la desaparición de ambos está relacionada y sobre todo si algún día podrán volver a verlos.
Madre y tía de los muchachos se unieron al colectivo de “Madres Igualtecas en Busca de sus Desaparecidos”, donde día con día luchan por la esperanza de encontrar, si quiera, los restos de sus seres queridos.
Prisca Arellano Rocha, tía de los muchachos, dice, muy conmovida ante los entrevistadores: “Para mí significa una cosa muy importante porque son mis sobrinos, pero es como si fueran mis hijos, y es muy importante para mí estar en la búsqueda porque quiero saber de ellos. Hasta ahora no he sabido nada y yo deseo que esto se dé pronto, que los encontremos, sea como sea queremos saber de ellos. Para nosotros es muy doloroso no saber nada, vivimos todavía pensando en ellos”.
Piensa en la felicidad tan grande que sería volver a encontrarlos y, anclada a ese sentimiento, comenta: “Sería algo muy bonito. A la vez bonito y a la vez triste porque si los encontramos vivos, ¡Qué bueno! Ojalá que Dios así lo quisiera. Pero si lo encontramos ya fallecidos, pues va a ser triste para nosotros y el dolor nunca se nos va a quitar, el dolor siempre va a estar allí permanente”.
Sin duda, se trata de otra triste historia de las miles que se cuentan y que se viven en un México que, tristemente, no ha podido sacudirse la violencia.