Alejandro Mendoza

 

Cada día puede representar una gran oportunidad de hacer mejor las cosas, sobre todo teniendo como propósito ser mejores seres humanos.

Es verdaderamente desalentador darse cuenta del declive moral, ético, de valores y de principios de las personas.

Se observa la ausencia de esto en todas las actividades que realiza el ser humano. En las altas e importantes responsabilidades de índole público y privado se ha gestado un pensamiento y una conducta proclive a la acumulación de bienes materiales, riqueza y poder a costa de lo que sea. Y en las clases media y pobre esto parece recrudecerse aún más.

Obviamente hay honrosas excepciones. Hay quienes creen posible un cambio profundo en la forma de pensar y actuar. Personas que aun luchan contra el pensamiento materialista, neoliberal y pragmático en el sentido del fin justifica los medios.

Se necesita una profunda, sincera y consciente reflexión que lleve a ese estado de objetividad respecto a la realidad que se vive. De no ser así, no se puede aspirar a nuevos caminos que puedan generar la confianza de un destino esperanzador y un mejor futuro.

Cada día las noticias dan cuenta del deterioro de la calidad de vida de la mayoría de las familias y el interés creciente de lo banal y lo material. También es completamente denigrante los niveles que ha alcanzado la despiadada y necia búsqueda de lo popular, la fama, la riqueza y el poder.

Hoy los medios de comunicación masivos resaltan temas y contenidos que alientan una cultura popular infestada por lo superficial y con mayor énfasis la narcocultura y la violencia. Y desde luego también se hace apología de la prostitución, el alcoholismo y la drogadicción; y del bullying, el adulterio, la anorexia, el suicidio y otros temas que deterioran el nivel mental, emocional, físico, intelectual, psicológico y espiritual del ser humano.

Surgido y alimentado de intereses que el mortal ciudadano promedio desconoce, se sostiene y se alienta un sistema de control del pensamiento y la conducta de la masa popular.

La conciencia colectiva se encuentra adormecida por la constante urgencia de cubrir las necesidades básicas de subsistencia, a través de un sistema de control que instrumentan unos cuantos a costillas de la gran mayoría.

Atisbos de vida de la gran masa popular se generaron con episodios como la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa o los gasolinazos y sus consecuentes incrementos en los productos de la canasta básica de millones de familias. Pero solo fueron eso: atisbos de vida.

El deterioro moral, ético, de valores y de principios de la colectividad ciudadana y todos sus sectores, es en realidad reflejo del mismo deterioro de la individualidad del ser humano.

Por tal motivo no se puede, ni habrá un verdadero cambio en la calidad de vida en la sociedad, si primero no se cambia la mentalidad, la forma de pensar en lo individual.

En este contexto no se trata de ideologías, posturas políticas o partidistas, o de acciones gubernamentales o de cualquiera otra responsabilidad pública o privada, sino del necesario y valioso sentido común que debiera tener todo ser humano que se jacte de serlo, con el fin de tener un mejor futuro y una mejor perspectiva de vida comunitaria como en lo familiar y en lo individual.

Los errores fueron míos, los aciertos de Dios, sonría, sonría y sea feliz.

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