* Rumbo y Jacko: Armas en campaña

Roberto Ramírez Bravo

La imagen ya circuló por todo el país: el diputado federal con licencia, David Jiménez Rumbo, sentado en una mesa a manera de presídium en una reunión de corte político, y atrás suyo, dos hombres armados con R-15 cuidándole las espaldas.
Para quienes conocen al también aspirante a la candidatura para Acapulco de la coalición Por Guerrero al Frente, la imagen no es extraña. Ha habido otros actos públicos donde se le ha visto acompañado con estos personajes vestidos de civil, ostensiblemente armados. Una ocasión, en el colegio particular propiedad de su esposa, Jiménez Rumbo ofreció una conferencia de prensa para hacer comentarios respecto a unas fotos que se habían filtrado de un viaje familiar suyo por Egipto; los reporteros eran recibidos por una imagen poco usual: en la puerta de entrada, había dos hombres vestidos de civil armados como los de la foto que hicieron circular varios medios.
En esa ocasión se le preguntó quiénes eran los armados y por qué estaban ahí. La respuesta del legislador fue que eran policías ministeriales que cumplían con medidas cautelares en su favor, porque había recibido amenazas. Su armamento y su presencia ahí, dijo entonces, eran completamente legales, por eso no andaban escondidos.
El tema ha abierto la discusión en estos días por las recientes fotografías, pero no es el único caso de un aspirante que se mueve con hombres armados a su alrededor.
La semana pasada, el empresario Joaquín Badillo Escamilla, también aspirante externo del PRD ante la coalición Por Guerrero al Frente para la presidencia municipal de Acapulco, se presentó en la oficina del sol azteca, se entiende, para darse a conocer ante la dirigencia de ese partido.
Lo hizo acompañado de integrantes de la asociación civil Jackomienza, que prácticamente inundaron la sede partidista, y de militantes del PRD que simpatizan con su precandidatura. No había, literalmente, espacio ni para un alfiler.
Pero sí lo hubo para las pistolas. Jacko Badillo iba resguardado por hombres armados que constituyen su seguridad privada. A diferencia de Jiménez Rumbo, quien tiene un talante más expansivo, por llamarlo de alguna manera, el empresario de seguridad y limpieza llevó una guardia más discreta pero no por ello menos desarmada. Las pistolas se veían a simple vista bajo las camisas blancas de los agentes.
Tan apretujados estaban todos en la sede del comité municipal del PRD durante esa visita, que los reporteros –mejor avistados que el resto de los asistentes- evitaban quedar cuerpo con cuerpo con los guardias armados en prevención de que no se les fuera a salir un tiro y alguien saliera herido en un pie. El resto de la gente, apenas percibió ese detalle, según parece.
La cuestión aquí, sin embargo, va más allá de lo anecdótico. Se entiende que se trata de personajes que pueden temer por su seguridad. Uno, dice –aunque no consta que sea por su trabajo legislativo-, ha recibido amenazas; el otro, es un empresario exitoso, y ambos podrían tener razones para cuidarse en extremo.
Pero hay dos cosas: una, es la extraña coincidencia que ambos personajes han puesto en el eje de su discurso el ofrecimiento a los ciudadanos de que podrán recuperar para ellos la tranquilidad de vivir en una ciudad segura. Cero cobros de piso, cero cuotas, dice la propaganda de Rumbo.
Sin embargo al parecer, ninguno de los dos puede hacerse cargo de su propia tranquilidad, aunque puede entenderse, en el contexto de una inacción gubernamental en ese sentido.
Lo otro es, ¿hasta qué punto es válido y permitido que civiles armados anden en campañas políticas, en el interior de las oficinas de los partidos políticos, en conferencias de prensa, en medio de la gente que, desarmada y confiada, acude a los mítines políticos? Los armados cuidan la seguridad de sus patrones, ¿pero quién cuida la seguridad de la gente, ante la presencia de ellos? En el caso de Jacko Badillo, durante su visita a la sede perredista, su equipo de seguridad actuaba como suelen hacerlo los equipos de los gobernantes: empujaba, daba órdenes.
A veces, en eventos conglomerados de este tipo, la gente se calienta frente a alguien que la empuja. ¿Quién garantiza que en un incidente menor no vayan a salir a relucir las armas?
Aunque no haya sido visible hasta ahora, es posible que otros candidatos lleven guardias de seguridad personal. La pregunta entonces es válida: ¿esta será la campaña de las armas, de los armados? 

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